Para Leo: Capítulo 1 (Vera)

Lee aquí el prólogo

14 de enero, 2015

Querido David,

Casi pareces una máquina del futuro, una momia robot, con tantos tubos y tantas vendas. ¿Estás muerto ya? Los doctores dicen que no. Dicen que son estos aparatos que hacen ruido los que te mantienen vivo. Que te rompiste el cuello y que dará igual si despiertas. En cualquier caso, no volverías a caminar. Dudan de que pudieras siquiera hablar.

No podrías haberte visto. Te daba tanto miedo la muerte.

Esta mañana me llamó tu madre.

—Es David. Ha tenido un accidente de tráfico.—dijo en una voz que parecía que fuera a romperse en cualquier momento. Esperé unos segundos a que terminara de hablar, y al final tuve que ser yo quien rompiera el silencio.

—Pero, ¿está bien?

No respondió. Tu padre cogió el teléfono de sus manos temblorosas y me dio la dirección del Gregorio Marañón con el llanto de tu madre como música de fondo. Entonces supe que no volvería a hablar contigo. Pensé que la próxima vez que te viera sería tendido en un ataúd, pero en eso me equivocaba. Habrá sido postrado en una cama.

Me vestí con la ropa de ayer, que había lanzado sobre la silla de mi habitación antes de acostarme, y al salir corriendo de casa me tropecé con Leo, que se disponía a llamar al timbre. No hizo falta que dijera nada; me atrajo hacia sí violentamente, enterrando el rostro en mi pelo, y durante unos segundos compartimos un dolor que ninguno sabíamos que tendríamos que sufrir nunca.

No recuerdo mucho del viaje al hospital. Observaba a Leo conducir y miraba al frente y me agarraba las mangas del abrigo y me consumía la angustia por no saber qué te había pasado.

—¿Está vivo?—pregunté al fin, cuando encontramos un sitio para aparcar y bajamos del coche. Una vez más, no hallé respuesta. Todavía no sé si fue que Leo estaba igual de perdido que yo o si no se atrevió a decir lo que tuvieron que explicarme los médicos. Poco importa ya.

En el mostrador de recepción nos indicaron que te encontrabas en la Unidad de Cuidados Intensivos. Sólo familia, por el momento. El olor a látex, desinfectante y enfermedad nos recibió en la sala de espera y me dio náuseas. Entramos cogidos de la mano casi sin darnos cuenta. La escena me recordó a las series de televisión. En Anatomía de Grey habríamos aparecido en la sala a cámara lenta, How to Save a Life, de The Fray, como banda sonora.

Dos máquinas, una de café y otra de tentempiés, se arrinconaban en un extremo de la habitación. También había algunas personas que, por suerte o por desgracia, no estaban lo suficientemente graves como para que les atendieran de urgencia. Algunos de ellos tenían aspecto de llevar allí horas. Una madre acompañaba a su hijo adolescente que se sostenía el brazo, seguramente roto o torcido tras una caída en monopatín, vista la forma de vestir de éste. Una pareja de ancianos se daban la mano y hablaban en voz baja un poco más allá. En aquel momento se me ocurrió que la posibilidad de protagonizar una escena como aquella contigo acababa de desaparecer.

—¿Qué hacemos?¿Llamamos a sus padres?—dudé. En la televisión nunca mostraban la espera, sólo el momento en el que el doctor salía del quirófano sacándose los guantes y dando las malas noticias.

No hizo falta llamar a nadie. Vimos a tu padre dirigirse a la máquina de café y salimos a su encuentro. Parecía haber envejecido cincuenta años, las arrugas de su rostro perfectamente visibles, profundos círculos bajo los ojos, la camisa arrugada y el escaso pelo prácticamente blanco.

—¿Está vivo?—pregunté otra vez. Tu padre sólo asintió una vez, levemente, un gesto que podría haber pasado por una inclinación de cabeza y que me proporcionó tal alivio que las piernas casi dejaron de sostenerme.

—¿Se pondrá bien?—inquirió entonces Leo. Fue entonces, cuando tu padre se volvió hacia la máquina y se concentró en la cantidad de azúcar que quería en la bebida, cuando me di cuenta de que había estado haciendo la pregunta equivocada.—¿Manuel?

Al escuchar su nombre, tu padre reaccionó y nos contó tu historia.

—Ni siquiera sé qué hacía a aquellas horas de la noche volviendo al centro de Madrid.—explicó—Alguien llamó a la policía sobre las 4 de la mañana y las ambulancias encontraron su coche completamente destrozado en la cuneta de la A6. Había bebido mucho… ¿Por qué hacía siempre lo que le daba la gana? Había bebido mucho y se salió… No creen…—tuvo que carraspear antes de seguir hablando—No creen que vaya a despertarse, Vera. Lo siento.


¿Con ganas de más? Lee aquí el capítulo 2.

Imagen: Unsplash

Este es un capítulo de mi novela “Para Leo”, un proyecto en curso que me apetecía empezar a compartir poco a poco con vosotros. Agradezco preguntas, sugerencias, críticas (por favor, sin cebarse) y, en general, cualquier opinión. Los comentarios ayudan mucho, aunque no lo parezca.

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2 comentarios en “Para Leo: Capítulo 1 (Vera)

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