Para Leo: Capítulo 3 (Vera)

Lee aquí el capítulo 2

15 de enero, 2015

Querido David,

Leo llamó a mi padre anoche mientras yo te visitaba. Vino a buscarme, aunque tuvo que esperarme abajo, en recepción. No le habían dejado subir a verte, claro. No es familia, como tus padres. Tampoco como nosotros, Leo y yo.

Está preocupado por mí. Cree que voy a volverme loca como mi madre.

Cuando me vio aparecer en la entrada del hospital, abrió los brazos como invitándome a refugiarme en ellos en un gesto que vi un millón de veces cuando era niña. Ni siquiera se me ocurrió acercarme a ellos; ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que nos abrazamos, y en aquel momento sólo pensé que la expresión de su rostro era la misma que cuando tuvo que decirme que no volvería a ver a mi madre.

La muerte hace algo extraño con las personas, las acerca o aleja. La pérdida de mamá lo separó de todo el mundo, y parece que ahora la tuya quiere volver a traerlo hacia mí. No me importa ya. El dolor de perder, no solo a uno, sino a los dos padres, pasó hace ya mucho tiempo. Tú fuiste una de las principales razones por las que se me pasó la pena, y mírate. En días como hoy me pregunto si es que en otra vida fui tan mala persona. No en esta, desde luego. Creo que siempre he pasado desapercibida, tanto para bien como para mal. Tal vez ése fuera el problema.

Salimos del hospital hombro con hombro, sin tocarnos. Cada paso parecía estirar un hilo invisible entre mi corazón y el tuyo, David. Para cuando llegamos al coche el nudo se había hecho alambre y había atravesado mi pecho y partido la carne en dos. Podía sentirlo, sentir una cascada ardiente descender por mi estómago y arrastrarse por el suelo detrás de mí, aunque la pechera de mi abrigo seguía seca.

Entonces papá cerró la puerta del coche y el hilo se rompió.

—¿Tienes hambre?—preguntó al cabo de varios minutos de tenso silencio.

Negué con la cabeza, incapaz de encontrar la voz. Me sequé en los muslos las manos empapadas de sudor frío. La luz de las farolas teñía el asfalto de color naranja. Había mucho tráfico para tratarse de un jueves por la noche; Gran Vía parecía tomada por un ejército de ojos rojos. Supe que necesitaba huir pero no sabía de qué ni adónde. Pensé que, si lo intentara, el suelo se mantendría inmóvil debajo de mí o el aire se volvería denso como el agua y no podría correr. “¿Estoy soñando?”, dudé.

—Vera…—mi padre me sacó de mi ensimismamiento y me recordó que no estaba dormida. Parece una estupidez, pero le odié por ello.—Cualquier cosa que necesites, hablar o lo que sea…

—Ya lo sé, papá. Ahora no, por favor.

No te imaginas el esfuerzo que supuso aquella simple frase, como si un remolino se hubiera alojado en mi garganta y absorbiera las palabras desde dentro.

Anoche no me atreví a tocarte. Tenía miedo de hacerte daño; tu piel agrietada parecía muy frágil de pronto. Creo que nunca te había visto tan pálido, David. Fue como si no quedara ni una gota de sangre en tus venas. Tampoco quedaba ni una hebra de tu rizada melena rubia, sólo una venda cubriendo el cráneo y una escayola envolviendo tu cuello y parte de tu pecho. Me pregunté si alguna vez volvería a enfrentarme a tus ojos azul marino.

Nos encontramos con tus padres antes de pasar a verte. Tu madre ya no lloraba. Sólo parecía cansada, ¿sabes? Como cuando tienes una pesadilla persistente que se te pega al rostro como un velo negro e intentas apartarla y al final el agotamiento te obliga a dejar de luchar, o a despertarte.

Cerré los ojos y creo que me quedé dormida. Me sobresalté cuando el coche se deslizó en el aparcamiento de casa, sustituyendo el ruido de la ciudad por el silencio del subterráneo. Y en silencio subimos al ascensor y pulsé el botón 7. En silencio entramos en casa, y en silencio me retiré a mi habitación y me senté en la cama, perdida de pronto.

Frente a mí se encontraba la pared de corcho que cubrí con fotos el mes pasado. Me acerqué a verlas y arranqué la primera que alcancé. Tres pares de ojos me devolvieron la mirada. Tú, todo cabello dorado y mejillas sonrosadas y ojos acuáticos, casi parecías la versión en negativo de Leo, con su piel oscura y sus ojos negros. Y después estaba yo. Vera, sin más. Demasiado cobarde, demasiado pequeña, demasiado curvilínea, una trenza demasiado clara para ser castaña y muy apagada para ser rubia. Indigna del amor de ninguno de vosotros.

“Mírame”, parecías decir, “sólo mírame, ya que no te has atrevido a tocarme”.

“Cállate”, te respondí yo, “no he sido yo quien te ha abandonado”.


¿Te has quedado con ganas de más? Lee aquí el capítulo 4.

Este es un capítulo de mi novela “Para Leo”, un proyecto en curso que me apetecía empezar a compartir poco a poco con vosotros. Agradezco preguntas, sugerencias, críticas (por favor, sin cebarse) y, en general, cualquier opinión. Los comentarios ayudan mucho, aunque no lo parezca.

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2 comentarios en “Para Leo: Capítulo 3 (Vera)

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