Para Leo: Capítulo 5 (Vera)

Lee aquí el capítulo 4.

15 de enero, 2015

Querido David,

La psicóloga dice que debo poner nombre al sufrimiento. Imaginar tu ausencia como algo físico, tangible, algo que pueda agarrar y moldear y aplastar con mis propias manos. Pero todavía no se me ha ocurrido nada tan inmenso como el vacío que me has dejado. El océano, la luna, tal vez. El universo, siempre en expansión, siempre. Pero ella dice que eso no vale, que es trampa. Que la ausencia es algo sólo de este mundo, y me ha prometido que se hará pequeña, que me ayudará a hacerla pequeña. No puedo creerla.

Sí. Esta tarde mi padre me ha llevado al psicólogo. Ha insistido en que fuera a verlo antes de ir a verte a ti, “para estar preparada”. ¿Preparada para qué? Ya te vi ayer; no creo que quede mucho de mi mundo en pie para derrumbarse en esta segunda visita. De todas formas, accedí, aunque sólo fuera por evitarle un disgusto. En el hospital ofrecen servicio de psicología para los familiares de pacientes graves, ¿lo sabías? Me imagino que tiene sentido, pero nunca se me habría ocurrido pensar en ello. No hasta ahora.

Tengo que confesar que medio esperaba al típico doctor de la cabeza en plan El Efecto Mariposa, un diván y paredes llenas de libros. Pero no; en realidad era igual que todas las demás consultas médicas, paredes blancas y un diploma de psicología detrás del escritorio, y un calendario y pósteres informativos sobre el estrés. No me sorprendió especialmente, la verdad. No es la primera vez que voy al psicólogo; ya tuve que seguir un tratamiento cuando murió mi madre.

La psicóloga no debía tener más de cuarenta años: una lisa cascada de cabello castaño caía sobre sus hombros, pero sus ojos me escrutaban con atención tras unas enormes gafas de pasta y esa expresión la hacía parecer muy vieja. Se presentó como la doctora María Pazos.

—No necesito una psicóloga.—fue lo primero que dije. Ella sólo asintió y limpió los cristales de las gafas con el borde de su bata blanca.

—Nadie cree necesitarlos—respondió—, hasta que empieza a curarse de sus miedos. Te prometo que nada de lo que hablemos en estas reuniones saldrá de la habitación. Puedes confiar en mí, estoy aquí para ayudarte—explicó con voz suave, el mismo tono que utilizaría si estuviera enfrentándose a una fiera salvaje. Yo sólo desvié mi mirada hacia la ventana de la consulta. Atardecía; la lluvia golpeaba el cristal con fuerza y el viento enredaba las ramas de los árboles en el patio del hospital. 

—¿Sabe por qué estoy aquí?—pregunté. Ella asintió; seguramente le habían ofrecido información sobre tu accidente y sobre mi relación contigo. Me pregunté si había hablado con Leo. No creo; no es el tipo de persona que contaría sus problemas a un extraño.

—¿Qué relación tienes con tus padres?—inquirió. Me encogí de hombros.

—Poca. Mi madre murió hace mucho tiempo, y mi padre parece más apegado a su fantasma que a mí.

—Tiene que haber sido duro crecer sin una madre.—observó. Yo me pregunté si la función de los psicólogos tenía que ser hacernos sentir mejor o hundirnos aún más en nuestra miseria.—¿Quieres hablar de cómo murió?

—Se suicidó.

—¿Sabes por qué?

Negué con la cabeza. No porque no lo supiera, sino porque no quería hablar de ello. Resulta duro decir en voz alta que tu madre decidió quitarse la vida para no tener que cuidar de ti.

—¿Qué piensas de la vida?—insistió.

—Vivir nunca merecerá la pena mientras siga existiendo la muerte.

—Pensar así es muy triste, Vera.

—Pero es cierto, María. ¿Puedo tutearte?—asintió—¿Para qué sirve vivir si nos vamos a convertir en polvo o cenizas? Es estúpido, y es absurdo. Vivir es absurdo. Desear cosas es absurdo.

—¿De verdad piensas eso?

—Quien no lo haga es estúpido, o un ingenuo.

—¿Preferirías estar muerta?

Medité aquella pregunta durante unos instantes. No, la verdad es que no preferiría estar muerta. Tú sigues aquí, ¿no? Y también Leo. Y, aunque no sirva de mucho, también mi padre. Sé que, en el fondo, él no podría soportar una pérdida más. Negué con la cabeza.

—¿Tienes pesadillas?

—A veces.

—¿Qué ves en ellas?

No respondí. No le conté que anoche soñé contigo. Soñé con tu coche saliéndose de la carretera y estrellándose contra un árbol. Todavía puedo recordar el olor del humo y la carne quemada, tu cabeza que salía despedida, separada del cuerpo, rodando colina abajo y parándose a mis pies con ojos desbordantes de súplicas. Me pediste ayuda, me pediste que buscara tu cuerpo y te devolviera a la vida. Pero no encontré el valor para agacharme y recogerte del suelo.

María descansó las manos en el regazo y esperó unos instantes a que yo contestara pero, ante el prolongado silencio, volvió a limpiar sus gafas y siguió con la entrevista.

—¿Por qué has venido?

—Porque me lo ha pedido mi padre.

—¿De verdad no crees que necesitas ayuda para superar lo que le ha pasado a David?

—Ya tengo ayuda—respondí.— Tengo a Leo.

No le dije que no he cruzado ni una palabra con él desde ayer.

—¿Quién es Leo?

—Mi mejor amigo, después de David.

—¿Cómo te hace sentir?

—Antes me hacía sentir segura—repuse tras pensarlo durante unos instantes.—Ahora ya no sé cómo me siento. Éramos tres, ¿sabes? Y ahora sólo somos dos. Creo que ya no puede cuidar de mí como antes. Nunca hemos estado nosotros solos. No sé si me explico.

Estaba divagando, y ambas lo sabíamos, así que decidí callarme una vez más.

—Deberíais apoyaros el uno en el otro. Estar con alguien que entiende cómo te sientes y que te necesita igual que tú a él puede ayudaros a ambos.

—Es complicado.—contesté.

No volví a abrir la boca hasta que los cuarenta y cinco minutos de consulta terminaron y fui corriendo a verte. Una vez más, no me he atrevido a tocarte. Temo que tu cabeza salga rodando y me suplique desde el suelo como en mis pesadillas.


Imagen: smdesigns

Este es un capítulo de mi novela “Para Leo”, un proyecto en curso que me apetecía empezar a compartir poco a poco con vosotros. Agradezco preguntas, sugerencias, críticas (por favor, sin cebarse) y, en general, cualquier opinión. Los comentarios ayudan mucho, aunque no lo parezca.

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